Raquel tiene la caja frente a ella. Se trata de los zapatos rojos con los que ha soñado una infinidad de veces. Retira con cuidado el papel blanco que los envuelve y los sujeta al llevarlos al centro de su pecho, que sujeta el corpiño nuevo. Pasa entonces los dedos sobre la piel de éstos, los toca con tal suavidad, -podríamos decir incluso que con timidez-, que logra sentir el poder de ensueño que ejercen sobre ella al contemplarlos.
Sus ojos miran con dureza. Tal vez el rojo es un atrevimiento; ese color incandescente que desvela la vista de cualquiera. Y mientras retira la vista de los zapatos, presencia la invasión de la duda -esa enemiga que desearía tanto encerrarla en la presión de los trece y nunca dejarla escapar-. Pero la posibilidad de ver realizados todos sus deseos, por más impenetrables que parezcan, es una tentación que parece irresistible.
Raquel se imagina el caminar con ellos, ver su cadera bailar bajo la falda veraniega y sus piernas andar en un vaivén de libertad y frenesí. Entonces piensa en el lugar adecuado para esconderlos, lejos de la vista de su madre. Tal vez bajo la cama o dentro del clóset, junto a las cartas de amor, a las poesías impúdicas que han pasado de pupitre en pupitre, dobladas en cuatro, que manda Esther durante la clase de religión. Raquel recuerda a las monjas del colegio, piensa en su madre y en todas sus tías, y muestra con sutileza aquella sonrisa pícara, símbolo de peligro aventurero. La suerte está echada. El espejo parece no mentirle, luce muy bien con los zapatos rojos puestos.
Después de un poco de espera, llega el momento. Su madre teje mientras escucha el radio con detenimiento. Ahora es el momento, se repite a sí misma. Toma su bolso, las llaves, el pañuelo y sale con discreción por la puerta principal. Frente a ella pasa un Cadillac 66 recién encerado, el conductor parece desvestirla con la mirada y lanza un silbido tan ordinario que parece llevar un largo eco detrás de sí. Al ver el auto retirarse a lo lejos, pasa sus dedos por el cabello como un acto mismo de seguridad.
Enciende el cigarro que tomó de la cartera de su mamá, y con gran astucia logra encenderlo. Camina unas cuantas cuadras más. La calle parece estar sola, son las ocho, la hora en la que todos están en la merienda. El camión que llega a Santa María la Ribera hace la parada en la esquina. Apaga el cigarro con la punta de su zapato, como es la moda entre las jóvenes del colegio, y sube con cuidado. Tacón por tacón, escalón por escalón. La gente mira sus piernas blancas, largas y delgadas. Lugares vírgenes que esperan el momento de ser recorridas con avidez. El transporte avanza y ella parece perderse de vista. Pero para cuando regrese, no volverá a ser la misma.
Sus ojos miran con dureza. Tal vez el rojo es un atrevimiento; ese color incandescente que desvela la vista de cualquiera. Y mientras retira la vista de los zapatos, presencia la invasión de la duda -esa enemiga que desearía tanto encerrarla en la presión de los trece y nunca dejarla escapar-. Pero la posibilidad de ver realizados todos sus deseos, por más impenetrables que parezcan, es una tentación que parece irresistible.
Raquel se imagina el caminar con ellos, ver su cadera bailar bajo la falda veraniega y sus piernas andar en un vaivén de libertad y frenesí. Entonces piensa en el lugar adecuado para esconderlos, lejos de la vista de su madre. Tal vez bajo la cama o dentro del clóset, junto a las cartas de amor, a las poesías impúdicas que han pasado de pupitre en pupitre, dobladas en cuatro, que manda Esther durante la clase de religión. Raquel recuerda a las monjas del colegio, piensa en su madre y en todas sus tías, y muestra con sutileza aquella sonrisa pícara, símbolo de peligro aventurero. La suerte está echada. El espejo parece no mentirle, luce muy bien con los zapatos rojos puestos.
Después de un poco de espera, llega el momento. Su madre teje mientras escucha el radio con detenimiento. Ahora es el momento, se repite a sí misma. Toma su bolso, las llaves, el pañuelo y sale con discreción por la puerta principal. Frente a ella pasa un Cadillac 66 recién encerado, el conductor parece desvestirla con la mirada y lanza un silbido tan ordinario que parece llevar un largo eco detrás de sí. Al ver el auto retirarse a lo lejos, pasa sus dedos por el cabello como un acto mismo de seguridad.
Enciende el cigarro que tomó de la cartera de su mamá, y con gran astucia logra encenderlo. Camina unas cuantas cuadras más. La calle parece estar sola, son las ocho, la hora en la que todos están en la merienda. El camión que llega a Santa María la Ribera hace la parada en la esquina. Apaga el cigarro con la punta de su zapato, como es la moda entre las jóvenes del colegio, y sube con cuidado. Tacón por tacón, escalón por escalón. La gente mira sus piernas blancas, largas y delgadas. Lugares vírgenes que esperan el momento de ser recorridas con avidez. El transporte avanza y ella parece perderse de vista. Pero para cuando regrese, no volverá a ser la misma.


1 comments:
Qué bonito! de verdad.
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